viernes, 3 de febrero de 2012

En buenas manos.

Según un reciente informe del Ministerio de Sanidad en el que se analiza la eficacia de diversas técnicas terapéuticas, la medicina alternativa muestra una evidente incapacidad para alcanzar el éxito perseguido; solamente algunas excepciones, en general centradas en la acupuntura, parecen brindar resultados positivos. Además, estas terapias ni siquiera son inocuas, con un amplio repertorio de contraindicaciones y secuelas, independientemente de que siempre postergan la aplicación de otras medidas de probada efectividad.

“Pero a mí si me sirve; me ha curado” —alegan muchos pacientes, resaltando la tradición de la sabiduría popular y el valor de los tratamientos alternativos, que en múltiples ocasiones han servido de remedio paliativo ante el fracaso de la medicina científica. Contra ello, el Ministerio argumenta que el presunto éxito ha de atribuirse al efecto placebo, así como a la convicción y excelente disposición del paciente. La fe ciega en un pseudo tratamiento parece obrar milagros; en cualquier caso, la confrontación entre las terapias alternativas y la medicina oficial delata las carencias de una Sanidad en la que las dilatadas listas de espera y el distanciamiento entre médico y enfermo invalidan en sumo grado las ventajas del rigor científico y de la inmensa dotación de carísimos medios tecnológicos a disposición de médicos y centros de atención sanitaria; dotación, por cierto, de la que tantas veces se abusa en sustitución del entrañable ojo clínico o para apaciguar la inquietud del paciente.

¿Estamos realmente en buenas manos? ¿Por qué tanto recurso a terapias sospechosas, una y otra vez denostadas en los foros científicos? Obviamente, algo falla: la confianza. Sin embargo, resulta complejo recuperar la fe en el médico cuando este tiende a alejarse del enfermo y a desprenderse del espíritu humanista que antaño caracterizaba a la profesión.

Publicado en El Periódico de Aragón el 3 de febrero de 2012

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