martes, 21 de abril de 2026

La vida rural

Hubo una vez un país de sólida tradición agrícola y ganadera. Como todos sus vecinos. Como este mismo territorio que hoy pisamos y que aún guarda en la memoria un pasado no tan lejano. Una vida dura esperaba a los lugareños, siempre pendientes del cielo, a veces prometedor, a veces sombrío; siembra tras siembra, porfiaban por sobrevivir a duras penas, rumiando la fatalidad de que un mal sino devastara la cosecha. Vivían, eso sí, siempre en comunión con la naturaleza que les albergaba y que, mal que bien, les alimentaba. Vida rural, que con maestría inigualable describió Miguel Delibes en El camino, elevando a lo sublime esas minucias cotidianas que tiñeron de entrañable el devenir de los pequeños pueblos rurales de España, tal como los hoy más viejos tienen grabado a fuego en su retina y que Daniel, El mochuelo, evoca con emotiva sensibilidad.

Llegó la industria y todas las actividades, incluidas las del sector primario, se mercantilizaron de forma irrevocable. La producción agraria emprendió un camino en el que la distancia entre los trabajadores del campo y las góndolas y expositores de los supermercados se hace ilimitada, salpicada de hitos esotéricos con una codiciosa capacidad para incrementar los precios, hasta el punto de que, paradójicamente, el productor apenas si percibe ingresos para cubrir sus costes.

¿Por qué pagar un transporte remoto, a cambio de un comercio de proximidad? ¿Por qué unas transformaciones y envasados que merman la salubridad? ¿Por qué encadenarnos a un sistema tan ajeno a la peculiaridad del medio ambiente y en extremo dependiente de unas reglas dictadas desde una óptica comercial? Daniel, El mochuelo, se alejó llorando de su aldea, consciente de lo que dejaba atrás, camino de «una vida mejor». Nosotros, ni siquiera somos capaces de reconocer nuestra desatinada trayectoria sinsentido.

Publicado en El Periódico de Aragón, 21 abril 2026

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