El caso de Sandra, la adolescente que se suicidó hace unos días en Sevilla, víctima de acoso escolar, provoca una conmoción emocional, de estremecedor recuerdo, que obliga a pensar en tantos niños y jóvenes para los cuales ver salir el sol no es sino el cruel preludio de una nueva y cotidiana jornada de tortura.
¿Qué pueden hacer los padres, en una situación que a menudo se les escapa? Estar muy atentos a cualquier señal de alarma, entre las que destaca una muy significativa: el niño no va contento al colegio. Las directrices de conciliación hacen posible una mayor atención a la conducta de los hijos, pero no siempre son accesibles y aún menos en la medida necesaria; sin embargo, el bienestar de los pequeños supone tal prioridad en el ámbito familiar, que se hace preciso procurarles un ambiente que semeje un cálido nido. Cuanto más extenso es el tiempo en común con un menor, tanto más la convivencia favorece una comunicación productiva y se hace más difícil ocultar los síntomas preocupantes que provienen de la esfera escolar o se gestan en el mundillo propio de las amistades y grupos afines que rodea a los niños, más allá de la protección paterna.
Todos los mayores somos responsables del bienestar infantil y, cuando menos, tenemos la obligación de exigir por parte de quienes tengan poder para ello, la normativa necesaria orientada a tan loable finalidad.
Publicado en El Periódico de Aragón, 4 noviembre 2025
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