Las tertulias se han puesto de moda en radio y televisión, cubriendo espacios de máxima audiencia; quiero pensar que eso es así porque suponen una aproximación a los temas tratados desde enfoques diversos y perspectivas de origen variopinto, lo que debiera conducir a un sustancioso enriquecimiento del debate. Pero no suele ser lo prevalente. Más bien, lo que se lleva es la controversia ilógica, la falta de respeto, la interrupción en la disertación del resto de participantes, el ataque frontal sin argumentos ni otro objeto que el de ganar la discusión (al menos en apariencia)... La tónica del programa muda entonces el coloquio en algo muy parecido a una jaula de grillos de donde es difícil obtener nada meridianamente claro, aún menos si se persigue la verdad, sea cual fuere el asunto tan agriamente polemizado, con independencia de su trascendencia, trivialidad u oportunidad.
¿Qué le pasa a una sociedad, qué enfermedad padece, cuando el diálogo enmudece víctima de la bronca promovida por vocingleros? Polarización gratuita que sirve a sombríos intereses y colma de obstáculos el camino del entendimiento, de la paz. Disputas bulliciosas que nos invitan a buscar refugio en la cultura y en la música: en ocasiones, esa suele ser la única fórmula para eludir la guerrilla tertuliana; por fortuna, con una apacible, amena y fructífera recompensa.
Publicado en El Periódico de Aragón, 8 enero 2025
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