martes, 21 de enero de 2025

Enero

Quedan ya las pasadas navidades en el recuerdo; memoria feliz para muchos, de liberación para otros y, sobre todo, otras, sufridoras de fuertes ajetreos, tras horas y horas de compras y cocina, preámbulo de un sabroso compartir de mesa y mantel, casi siempre satisfactoria compensación para un esfuerzo de alta intensidad, ese sí, no tan compartido.

Quedan ya lejos también los Reyes, esa noche de ilusión y de regalos para todos, en especial para los peques, sin que nadie reclame indemnización por las laboriosas horas extras y con nocturnidad efectuadas por camellos, camelleros y monarcas.

Y queda aún, el pesaroso enfrentamiento a lo que se viene conociendo como cuesta de enero, cuando toca financiar el dispendio navideño, así como, curiosa paradoja, un gesto muy típico de estas fechas: la programación de alguna que otra visita al gimnasio para borrar las huellas de tanta comilona: no hay pena, aseguran los entrenadores personales que muy rara vez tan fervientes propósitos perduran lo suficiente para florecer en primavera. No obstante, son los comercios abarrotados los que presentan mayores tasas de aglomeración; en sus puertas se cruzan ansiosos buscadores de gangas con clientes que portan su bolsita con alguna prenda que cambiar. Pero son los primeros quienes peor lo tienen, pues faltan tallas, el producto se ha desvanecido o la rebaja es más bien ridícula.

Nunca se compra y vende a gusto de todos, pero es el consumismo imperante quien dicta las leyes del mercado, atizadas por incesante publicidad y pregonadas por muy interesados voceros. Leyes, usos y costumbres que también priman el regalo alcohólico, particularmente a fines de año, para pesar de abstemios quizá poco convencidos aún de los riesgos del alcohol para la salud. Todavía confío en que tarde o temprano un buen libro sustituya a la botella tentadora.

Publicado en El Periódico de Aragón, 21 enero 2025 

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