Si bien el esfuerzo exigible a los traductores debiera estar también muy presente en todos quienes ejercen como comunicadores, la desafortunada realidad cotidiana evidencia una severa degradación del habla y escritura, que se extiende mucho más allá de lo admisible. Aberraciones disfrazadas de léxico inclusivo redundan en citas como la mención de profas en lugar de profesoras (y supongo que profos como abreviación de profesoros). Casos quizá anecdóticos, sí, pero que reflejan un deterioro inaceptable de nuestro idioma, excesivamente aquejado de usos inadecuados, anglicismos innecesarios, prácticas arbitrarias para encubrir la ignorancia y, sobre todo, desamor; una inexplicable animadversión hacia nuestra propia lengua. Deberíamos aprender de China, donde el español se estudia con devoción y se prodigan nuevas sedes del Instituto Cervantes, como indicativo fiel de querencia y valoración.
Publicado en El Periódico de Aragón, el miércoles 9 de octubre de 2024
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