Pocos bebés llegan con un pan debajo del brazo y, desde luego, ninguno se educa solo, sin ayuda, pero todos los niños tienen incorporada de serie la exigencia de que se les preste atención, junto a un deseo innato de posesión. Por eso demandan con vehemencia que los padres les acompañen en sus juegos y permanezcan en todo momento pendientes de ellos, anhelo difícil de satisfacer por parte de unos progenitores abrumados por sus obligaciones profesionales, usos sociales y tareas hogareñas (que en ningún caso son exclusivas de la mujer). La interrelación paterno filial es, sobre todo, el camino por el que se transmiten valores y creencias, en suma, una forma de ser y comportarse, de contemplar el mundo que nos rodea y donde es preciso aprender a convivir. Todo ello no se enseña en los libros, por más que se publiquen tantos de autoayuda y educación, ni en las redes sociales, tan prolíficas y omnipresentes; tampoco es función del colegio, por muy importante que sea su labor formativa. Es misión de los padres y es también la única manera de que los niños disfruten de forma permanente de la alegría de habitar en un refugio seguro.
Publicado en El Periódico de Aragón, el viernes 20 de enero de 2023.
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