Para nuestros mayores, el hogar, su hogar, es el último cobijo, el marco que debiera acoger todo lo que aún les quede de vida. Si nunca pareció acogedora la idea de una residencia a la que acudir como último recurso y con suprema resignación, por no resultar una carga para los hijos, los pasados acontecimientos han teñido esa alternativa de un tenebroso tono oscuro. Aunque, de verdad, la ambición de un anciano es, y lo ha sido siempre, finalizar su vida en paz, rodeado de todo lo que le es familiar. Su calle, sus tiendas, su parque, su comunidad; y, sobre todo, esas cuatro paredes en las que se resume toda una existencia.
Mientras se habla tanto (en realidad, más bien se hablaba) de cambiar el modelo de las residencias, sería preferible pensar un poco más en la posibilidad de prolongar todo cuanto sea factible la permanencia de los mayores en su hogar “de toda la vida”. No parece algo muy complicado, ni que debiera absorber recursos desmedidos.
Publicado en El Periódico de Aragón, el viernes 14 de mayo de 2021
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