El dolor se clava en la piel
y las tinieblas zahieren el alma;
es una noche triste y exhausta
poblada de tinieblas
mientras tú, espíritu del amor,
yaces doliente en el lecho postrero.
Aquel lápiz azul, rosa, gris
con que plasmabas la vida entera
ha caído de tu mano yerta.
Es una noche lúgubre, azabache
que nunca tendrá su aurora,
pues toda la luz se mudó contigo.
Quisiste partir sin alboroto,
pero el murmullo devino en trueno
y, en su fragor, retumbó amargo.
Te fuiste, sí, dejándonos tu legado,
equipaje excelso que donas
trascrito en páginas de oro.
Adiós, Miguel;
volaste tras la estela celeste
de un lucero radiante y diáfano.
Aquí quedamos, pobres
infelices que hemos de aprender
a vivir, como nos mostraste,
del fulgor esperanzado
de una tea inflamada.
(De "El latido del cierzo")
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