Cuántos amaneceres
cuántas anochecidas
pasaron sin pasar
porque tú no sentías
mi voz que, ansiosa,
te invocaba.
No eras nada.
No eras nadie.
Hasta que una promesa
latió en mis entrañas.
Un venturoso día
alumbraste con tu balbuceo
la noche oscura que expiró
cuando al fin viste la luz.
Tus ojos abriste a la vida
y así también los míos,
tanto tiempo confinados
anhelando tu arribada.
(De "El latido del cierzo")
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