Buscan con denuedo tus restos gloriosos
perdidos en una cuneta teñida de sangre;
¿cómo no te encuentran, si tus ojos son
dos soles y en tu boca duerme la luna?
Quizá no te hallan porque no son como tú,
que con el corazón en la mano, colabas
por las paredes tu verso y tu alegría;
que no eras de nadie porque de todos eras
y tu risa semejaba tañido de campanillas
y en tu mirada yacía un mensaje de amor.
No te encuentran, no pueden,
los histriones mezquinos, pobres de espíritu
ciegos a la luz que resplandece
en Andalucía, en Iberia y en el orbe entero.
Ya gritan los de tu sangre
que toda tu alma, todita, yace en Granada,
en la casa de Bernarda y en la cueva oscura;
en tartana de gitano errante y,
de luces ataviada, en el albero dorado.
Todos te quieren, vivos y muertos,
hermanadas las dos Españas;
que no te busquen unos ni te encuentren otros,
que habitas en el viento al alcance de todos
cuando se acuesta el sol y torna la luna,
siempre en el corazón del pueblo.
(De "El latido del cierzo")
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