Niños y madres.
La creciente desigualdad es la cara oculta de la presunta superación de la crisis económica, lacra que atenta fundamentalmente contra los derechos de la infancia, víctimas desamparadas, en riesgo severo de pobreza y exclusión social. Son niños sin futuro, condenados antes de alcanzar la menor oportunidad. Las carencias nutricionales, algo mucho más común de que cabría suponer, redundan en un perjuicio directo de la formación, pues es muy difícil asimilar conocimientos con el estómago vacío; pero, desgraciadamente, el mordisco de la pobreza va mucho más allá del hambre.
Los niños no llegan con un pan debajo de brazo; más bien lo que traen el parto y la crianza son unos gastos cuantiosos, gravosa carga económica difícil de sobrellevar cuando los salarios de los progenitores además de reducidos son inestables, otra de las perversas secuelas que nos ha legado el irredimible tiempo de vacas flacas. Sin embargo, gran parte de las medidas paliativas y de apoyo a la familia toman la forma de desgravación fiscal, lejos, por tanto, de beneficiar a los hogares sin recursos; un panorama donde tampoco escasean quienes vuelven la vista atrás, cuando la mujer era el talismán que resolvía, diríase que milagrosamente, las penurias y necesidades del hogar, sin reconocimiento social ni institucional; sin derecho siquiera a una pensión propia y con una miseria de viudedad como excelso premio a su inmenso sacrificio personal.
Hoy más que nunca, y sin necesidad de apelar a un grave problema demográfico por solventar, el niño tiene derecho a una infancia plena y feliz; tiene derecho al futuro, a un mañana que no puede depender de las buenas intenciones expresadas en un Día Internacional ni de una sociedad que lo ignora durante los restantes 364 días.
Publicado en El Periódico de Aragón, el viernes 24 de noviembre de 2017.
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