En busca del tiempo perdido.
Arropados por luces rutilantes, en escaparates, góndolas y expositores pomposamente engalanados, miles de productos y artículos porfían por seducirnos en la vorágine consumista que escolta a las fiestas navideñas y de fin de año; después de Reyes, espera una nueva oleada de estímulos que, a modo de “manteros” y mercaderes playeros, izarán la bandera de “barato, barato” para maltratar de nuevo a nuestro ya menguado peculio.
¿Realmente necesitamos todo lo que vamos a comprar? Mientras los economistas enfatizan el consumo como motor fundamental e irrenunciable de la economía, en la calle se plasman vastas colas de impacientes compradores a la espera de su turno, siempre con el temor de que las existencias se agoten o la ganga se esfume. ¿Compro ahora o espero a las rebajas?; ¿encontraré mi talla, sabré elegir, descubriré una tara...? No existe otra duda vital ni cuestión trascendental que se aleje del miedo a desperdiciar la oportunidad, pero, entre el periplo infinito por mostradores y escaleras mecánicas, deslumbrados por las páginas de la prensa rosa y las imágenes de la telebasura, lo único que con seguridad perderemos es el tiempo. La locura de la compra compulsiva no se limita a diciembre y enero, por supuesto, pero es ahora cuando mejor se percibe cómo se escapa ese bien intangible que nunca aprendimos a valorar: el tiempo.
El tiempo perdido nunca regresa y cuando ansiosamente intentamos rememorarlo, fluye raudo entre los dedos sin dejarse atrapar. Es entonces cuando el peso de la inutilidad nos aplasta; es entonces cuando lamentamos la fugacidad de nuestra existencia ofuscada, colmada de propósitos vanos y objetivos ficticios. ¿Habremos de permitir que una vez más nuestro espíritu crítico sucumba aletargado por las luces de neón?
Publicado en El Periódico de Aragón, el viernes 30 de diciembre de 2016.
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