domingo, 9 de octubre de 2016

El retorno

Tras una larga pausa estival, plena de ocio y ruptura de los hábitos cotidianos, resulta frecuente sumirnos en un estado de tristeza y melancolía que los psicólogos denominan estrés postvacacional. Son muy pocos quienes aprecian el retorno a la rutinaria existencia que venimos sobrellevando el resto del año, pese a que ello implica también la reanudación de sólidos lazos sociales y la recuperación de pautas vitales muy importantes; por eso me ha sorprendido gratamente la espontánea declaración que tuve la oportunidad de escuchar por parte de una niña cuando manifestaba su gran deseo de volver al cole, jugar y charlar con sus amigas, ver de nuevo a la profe…

Si es bueno librarse temporalmente de preocupaciones y dejar atrás ingratas tareas durante algún tiempo, ¿qué tiene de malo recobrar todo lo positivo que la vida nos ha ofrecido durante los once meses restantes? De nuevo en esta querida columna, siento una gran complicidad con esa niña que añora los libros y el contacto con las compañeras a las que tanto aprecia. Yo también quiero recuperar todo lo que ha formado parte de mi vida, todo lo que durante los largos meses de invierno le ha dado sentido, ahora aletargado por el calor sofocante de este estío interminable. Sí, claro; también regresan los viejos problemas, todo lo que quedó sin resolver, las dudas, la incertidumbre… No puede ser de otra forma; pero si para algo sirve el paréntesis vacacional, ha de ser para establecer un punto de inflexión, un cambio de rumbo que el aluvión de automatismos en el que estamos sumidos deviene difícil de realizar durante el resto del año.

La felicidad no reside en hacer siempre lo que nos gusta, sino en aprender a efectuar a gusto aquello que debemos hacer.

Publicado en El Periódico de Aragón, el viernes 9 de septiembre de 2016

No hay comentarios:

Publicar un comentario