El lenguaje constituye el eje esencial sobre el que gira la comunicación humana, la base de la evolución social y cultural, los ladrillos sobre los que se ha construido nuestra civilización. Y, según afirma la psicología, determina también nuestra propia forma de pensar: las palabras que usamos y la forma en la que las utilizamos influyen directamente en nuestro entendimiento y, por ende, en nuestra conducta.
Hoy, las nuevas tecnologías amplían espectacularmente el eco de proclamas y alegatos vertidos en las redes sociales, lo que debería invitar a un uso racional y responsable de lo que pretende pasar por opinión y, en ocasiones, enmascara un veredicto difamatorio. La exigua invectiva o el rumor malintencionado no tardan en convertirse en demoledores embates merced a la resonancia que les prestan los comentarios compartidos y su reiteración hiperbólica en la Red.
El linchamiento verbal está de moda, sobre todo en época de elecciones, cuando todo recurso parece válido para derrotar al adversario, a pesar de que el ideal demócrata reside precisamente en el respeto al otro, a lo diferente. Pero el insulto tiende a prevalecer sobre el argumento y el fanatismo sobre la razón, tanto peor si los autores se refugian en el anonimato. Podríamos aducir que se trata de personajillos frustrados, de perjuros marginales o de maniobras insidiosas orquestadas con fines perversos. Tal vez, ese pueda ser el origen, pero su divulgación y amplificación desmedida, en suma, su malsana efectividad, responde a un criterio colectivo que nos involucra a todos y cada uno de nosotros: solo el respeto, como precepto irrenunciable, puede evitar el tsunami devastador. No solo somos responsables de lo que hacemos; también de lo que decimos.
Publicado en El Periódico de Aragón, el viernes 17 de junio de 2016.
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