La música clásica y la poesía son dos manjares indispensables en la nutrición de la esencia humana, perfecto alimento para emociones y sentimientos que aspira a contrarrestar esa obcecación por un consumismo orgiástico y elemental que, al menos para quienes pueden costearse sus caprichos, parece presidir la vida cotidiana.
Mucho se ha insistido en la capacidad de la música para templar la cólera, para apaciguar la violencia y amansar las fieras, algo que en esta época arrebatada y confusa de ruptura social se hace más necesario que nunca. Mientras, la poesía, tan a menudo falazmente loada con gruesas palabras como invariablemente abandonada en un ramal ciego del camino hacia un bien merecido reconocimiento, apenas puede eludir su eterno papel de convidada de piedra en el siempre paupérrimo festín literario.
Sin embargo, cuando Radio Clásica de RTVE ha celebrado su 50º aniversario, no parece que la música clásica atraviese hoy por uno de sus mejores momentos, pues, a modo de ejemplo, solo un minoritario círculo de reincidentes entusiastas asiste a los excelentes conciertos programados en el Auditorio de Zaragoza; por su parte, también solo unos pocos lectores día a día más envejecidos se ocupan y preocupan de la poesía, excelso género literario vigente desde la más remota antigüedad, a pesar del creciente número de ilusionadas iniciativas que porfían sin desaliento por soslayar su ocaso.
Por lo demás, en tanto que las terapias musicales son objeto de creciente interés y consideración, la poesía languidece más allá del discurso vacuo y transparente. Pero ambas disciplinas parecen abocadas a un destino hermano: la necesidad de abrazarse para recibir el calor que el materialismo secular les niega.
Publicado en El Periódico de Aragón, el viernes 3 de junio de 2016.
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