Durante esta semana, una estimulante algarabía ha recorrido las salas no siempre abarrotadas de los museos, efervescentes de actividades lúdicas. Y es que estos templos de la cultura, de obligada y muchas veces tediosa visita durante los desplazamientos turísticos, están poco acostumbrados a ser el objetivo cotidiano de una ciudadanía que vive de espaldas a sus interesantes propuestas.
Tan venerables instituciones han sido a menudo censuradas como meros almacenes de amparo y clasificación, pero quizá tales críticas hayan sido el punto de partida de una lúcida evolución, merced a la cual tan arcaicas (y necesarias) funciones se han enriquecido con inspiradas iniciativas. Hoy los museos son algo más que depósitos celosamente vigilados donde admirar desde una prudente distancia su valioso caudal: sus responsables han asumido la necesidad de una aproximación del público a las obras, lo que ha suscitado originales recursos didácticos y, a la vez, festivos. Un buen ejemplo es la programación del Reina Sofía el pasado miércoles, con la inclusión de artistas como Amaral, en la conmemoración del Día Internacional de los Museos. La Cultura se populariza y se expande; deja de ser un patrimonio exclusivo para diletantes… ¿por un solo día?
Queda mucho por hacer, sin duda; pero ya se ha roto el círculo vicioso, frontera entre asiduos eruditos y gentío apático. Desvanecido el límite, solo queda esperar el fruto maduro del entendimiento. Simiente no falta en nuestra tierra, pródiga en un riquísimo patrimonio sabiamente gestionado, aun a pesar de las severas restricciones económicas. Pero, por eso precisamente, es tan importante un cambio de actitud que resuelva el viejo afán alquimista: extraer oro de las viejas piedras.
Publicado en El Periódico de Aragón, el viernes 20 de mayo de 2016
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