Día a día, crece el número de niños y adolescentes que han de recurrir a fármacos para combatir la ansiedad y, lo que es peor, una depresión difícil de erradicar. Podemos consignar este efecto como una secuela más de la crisis económica y de su impacto en el hogar; o, tal vez, indicar que solo se trata de avances en la efectividad del diagnóstico y de una mayor cobertura sanitaria. Pero parece más realista advertir que el ambiente familiar y los condicionantes culturales de la era tecnológica están también muy implicados.
La gente menuda es muy sensible y vulnerable ante los sentimientos y emociones que se expresan en su entorno, tanto más si provienen de padres y personas afines. Antaño se jugaba en la calle y se compartía casi todo con los hermanos, incluso el dormitorio. Hoy, es habitual que muchos niños dispongan de un reducto propio, un refugio íntimo cuyos límites, más que proteger, aíslan; el contacto con el mundo exterior se realiza en gran parte a través de dispositivos electrónicos y el ocio queda secuestrado en las fronteras de una pequeña pantalla. De hecho, esta burbuja falazmente protectora extiende su presencia más allá del hogar, pues buena parte del diálogo entre adolescentes se desarrolla ya a través de un móvil. En la era de las comunicaciones, los niños están conociendo, más que nunca, el aislamiento. Y enclaustrados en el estrecho universo que ellos mismos recrean, experimentan la soledad: ni mensajes ni coreos podrán jamás sustituir a un cara a cara, en tanto que los reflejos parásitos de la pantalla nublan la visión de los ojos del interlocutor. Pero no se trata de estigmatizar los recursos tecnológicos, sino de utilizarlos en su justa medida, como medio y no como fin.
Publicado en El Periódico de Aragón, el viernes 13 de mayo de 2016.
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