El Día internacional de la Mujer es una desgraciada onomástica que recuerda (y también narcotiza) las injusticias perpetradas contra el género femenino, agravios sin visos de solución en pleno siglo XXI. A tenor de la presunta igualdad que nuestra avanzada legislación pregona, ¿cuántas mujeres ocupan hoy puestos directivos?; mejor no hablar de las listas del paro u otros indicadores que machaconamente denuncian penosos desequilibrios. A cambio, ¿cuántas mujeres han de renunciar a sus expectativas profesionales o a su vocación de madres por mor de una conciliación fallida?
La tangible realidad insiste en el sacrificio de la mujer relegada al hogar, el de las invisibles amas de casa, sobre todo si lo son en contra de su voluntad: reinas por un día y cenicientas durante el resto del año, con jornadas maratonianas, vacaciones ilusorias, salarios desaparecidos en combate y ni siquiera acceso a una pensión propia de jubilación. Amén. Por supuesto, en aquellas situaciones en las que tampoco los hombres lo tienen fácil, como es el caso de la diversidad funcional o el de profesiones mercantilmente poco valoradas, como muchas de carácter intelectual, la trayectoria femenina tiene reflejos puramente catastróficos.
Sí, claro; la biología tiene sus imposiciones. Es la mujer la que sufre el parto y la más sensible a las necesidades del bebé. Eso nadie lo puede cambiar y aún menos una ley o un Día de la mujer. La solución a las afrentas de género sigue siendo una cuestión de educación básica, de cultura; de que algún día la sociedad cambie de verdad y la escuela sea ya testigo de una auténtica equidad de funciones y proyección. Mientras llega ese momento, seguiremos con un día de celebración y honores fatuos, lamentándonos los otros 364 del año.
Publicado en El Periódico de Aragón, el viernes 11 de marzo de 2016.
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