sábado, 7 de noviembre de 2015

De antaño y de hoy.

La naturaleza nos envía en otoño un mensaje de serenidad para reordenar nuestras existencias, enajenadas por un convulso ritmo vital de difícil adaptación, pues aunque los irrefutables avances tecnológicos nos proporcionan evidentes comodidades, viajan acompañados de unas secuelas que a veces resultan insoportables. Quizá, con tal motivo, tornamos la vista hacia nuestros ancestros para recuperar hábitos y prácticas que durante siglos se han mostrado eficaces.

Mientras en cada esquina se rendía culto a tradiciones ajenas trasplantadas de tierras lejanas mediante un distorsionado “Halloveen”, reinterpretado con curiosos matices autóctonos, en la Casa de los Títeres de Abizanda se representaba, en memoria de la antigua vinculación de los escenarios con el Día de Difuntos, “La fábula de la raposa”, una alegoría de la relación entre el hombre y la naturaleza, que nos recuerda el valor de la sabiduría atávica y la conveniencia de apreciar el legado, anclado en vigorosas raíces, que nos dejaron nuestros mayores, aquellos cuya única escuela residió en el entorno en el que aprendieron a sobrevivir. Allí, en la naturaleza, encontraron la maestra perfecta, hoy tantas veces menospreciada por las nuevas generaciones que dicen venerarla mientras la invaden con ansia consumista, escaso respeto y aún menor afán de conservación. De forma simultánea y un tanto paradójica, también asistimos a una revalorización de todo lo que nos llega adornado con la etiqueta de “natural”, como si tan solo ese calificativo bastase para garantizar su bondad. ¿Acaso hemos perdido el espíritu crítico necesario para seleccionar lo mejor de ambos mundos? Lo antiguo, lo tradicional, a veces, es solo viejo; pero la novedad no siempre mejora lo preexistente.

Publicado en El Periódico de Aragón, el viernes 6 de noviembre de 2015

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