La equiparación femenina en una sociedad antaño dominada por lo masculino es un hecho irreversible, aun cuando persistan todavía algunas diferencias bochornosas; desigualdades que tienden a ser de mayor relevancia en ámbitos rurales y tanto más visibles cuanto menor es el grado de desarrollo y acceso a las ventajas propias del medio urbano.
Cuando en las ciudades, solo un 30% de los emprendedores son mujeres, en el mundo rural son mayoría; en cambio, en la política local, consejos agrarios y cooperativas, las mujeres representan únicamente una cuarta parte de los socios y apenas un 3%, llegan a ocupar un puesto en los consejos rectores. Queda, por tanto, un largo camino, durante el cual seguirá recayendo sobre la mujer la mayor parte de las tareas hogareñas y familiares, así como la educación de los hijos, independientemente de su proyección profesional o empresarial. A pesar de todo, los avances conquistados a lo largo de las últimas décadas son significativos. Y es que las cosas han cambiado mucho en el campo: se mira menos al cielo, en busca de la nube salvadora de la cosecha, porque existe mayor variedad de recursos y diversidad de demandas que atender. Los horizontes se expanden mientras que se contraen las distancias que ayer aislaban y constreñían las oportunidades de progreso, un desarrollo en el que la mujer toma parte activa y comprometida, pero cuya participación no está aún todo lo reconocida que debería ser. Además, cuando llegue la igualdad legal, faltará aún mucho para alcanzar la igualdad real: una ley pionera, como la de titularidad compartida de las explotaciones agrarias, orientada a la equiparación de prestaciones sociales, apenas si ha dejado huella después de cuatro años.
Publicado en El Periódico de Aragón, el viernes 23 de octubre de 2015
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