sábado, 12 de septiembre de 2015

A mi madre.

     Aunque mi abuela, Manolita Duplá, vivió en Jaca desde su matrimonio, era una zaragozana de pro; de ahí el deseo de que también su primogénita viera la luz por vez primera en Zaragoza. Mi madre sintió siempre un cariño dividido entre la más antigua y la actual capital aragonesa, en la que realizó sus estudios de Bachillerato y, después, la carrera de Comercio. Durante algún tiempo fue la mano derecha de mi abuelo, al frente de los Almacenes El Siglo, pero no tardaría en renunciar a la empresa mercantil en favor de otra mucho más importante, la familia. Mamá se casó muy joven, con veintiún abriles; a una edad que, hoy, nos parecería una niña. Pronto llegaron mis dos hermanas mayores y, tras mi alumbramiento, dos nuevos vástagos, esta vez varones. Mi madre aprendió a dominar las labores del hogar, las de enfermera, las de docente… Y siempre hizo gala de un gran temple y fortaleza ante los avatares de la vida.

La recuerdo alternando los pedales y el volante de una Singer con el teclado de la Olivetti, donde transcribía los escritos de papá para muchas revistas y publicaciones, entre ellas, El Pirineo Aragonés. Mamá también traducía artículos de París Match mientras nosotros leíamos o intentábamos estudiar lidiando con el traqueteo de la máquina de coser y el repique de la Olivetti. En cualquier ocasión, su regalo preferido era un libro; por eso mi adolescencia se desenvolvió ceñida con páginas impresas, inspirando una temprana vocación que ha llegado a iluminar toda mi vida.

La evocación de mi niñez me devuelve a Jaca, a mamá abriéndose paso en la nieve con una pala para entrar en casa, al pequeño huerto de mis abuelos con su olor a hortaliza fresca; pero, sobre todo, a la Huerta, con mayúscula: la Huerta del Siglo, un lugar de encuentro donde tantas nuevas amistades se forjaron entre conversaciones relajadas y murmullos de voces cantarinas. Hubo mucha vida, mucha ilusión y sueños de futuro, entre aquellos setos tapizados de grosella y fresa silvestre, mudados hoy en inclemente ladrillo.

Crecimos. Y el destino inexorable marcó el día en que uno tras otro nos alejamos del hogar; nuevos destinos, nuevas familias. Poco más tarde llegarían los nietos. Y, después, la viudez. Cuando el diálogo deviene monólogo abruma la soledad, incluso cuando no faltan voces amigas para mimar nuestros oídos. Fueron años de recogimiento, arropada por una fe inquebrantable y una devoción que nunca dejó de afirmarse a lo largo de toda su existencia. Mamá siguió contemplando serena la vida; sosteniendo una vela en su mano derecha, sin que la izquierda supiese del esfuerzo por mantener encendida su llama. Mamá siempre creyó en la familia, la empresa más importante. Su gran empresa.

Publicado en El Pirineo Aragonés, abril 2015

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