Las bibliotecas son un lugar de encuentro entre libros y lectores, donde las horas transcurren sin sentir y donde es fácil evocar vivencias maravillosas, quizá tan reales como las de nuestra propia existencia cuando, en la madurez, la memoria se diluye y se complace en recuerdos que tal vez fueran solo ensoñaciones. Además, en las bibliotecas se realiza una inmensa labor cultural que irradia la luz como un faro en la noche más oscura, función que tanto apreciamos quienes pasiva o activamente participamos en sus actividades.
La Biblioteca de Aragón cumple 25 años, espléndida conmemoración en la que se desplegará como un abanico de todos los colores una gran fiesta participativa con el fomento de la cultura como invitado especial. El buque insignia de las bibliotecas aragonesas inició su andadura con 1.678 documentos; hoy posee más de 175.000; como Biblioteca Pública de Zaragoza alcanza casi 86.000 socios adultos y más de 17.000 infantiles y los préstamos han sobrepasado la cifra de 260.000. Grandes números que subrayan su función como motor cultural, lo que también incluye la preservación del patrimonio literario y la garantía de custodiar, al menos, un ejemplar de cada publicación editada en nuestra tierra.
La Biblioteca de Aragón es un rincón entrañable a donde acuden los jóvenes estudiantes para ejercer como tales o para consultar alguna obra, junto a los opositores que necesitan escapar unas horas de su soledad; también la visitan quienes desean documentarse en cualquier área del conocimiento y quienes precisan realizar una inscripción en el Registro de la Propiedad Intelectual. Y, por supuesto, protagonistas y público de alguno de los numerosos actos programados. Por fortuna, siempre la he encontrado muy concurrida.
Publicado en El Periódico de Aragón, el viernes 5 de junio de 2015
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