enfermedad no guarda fiesta ni se va de puente. Está ahí, expectante; siempre inoportuna, siempre en el peor momento. Durante los fines de semana y en los periodos vacacionales, el personal sanitario se reduce a la mínima expresión, lo que entraña ineludiblemente una pérdida en la calidad de la asistencia proporcionada, por mucho que los profesionales involucrados muestren su mejor voluntad para multiplicarse y cubrir las bajas existentes.
Es obvio el derecho de los trabajadores del sector a guardar fiestas y tomar vacaciones, tanto más en cuanto que se hace evidente su generosa entrega y, a la vez, frustración por la incapacidad de satisfacer el bienestar y las necesidades de los pacientes, pero el problema no reside estrictamente en la carencia de personal: la contradicción surge cuando tenemos en cuenta a parados y solicitantes de primer empleo que, en muchas ocasiones, han de buscar su oportunidad fuera de España, con el dispendio que ello supone del coste de una formación sufragada entre todos. Es decir, que el conflicto es de índole económica y su telón de fondo una crisis que nos obliga a replantear las prioridades en orden a aplicar los recursos disponibles, siempre insuficientes. ¿Qué es lo esencial, qué lo subsidiario y hasta qué punto los factores más importantes pueden imponerse a los secundarios? Nunca es fácil dar una respuesta satisfactoria a tales cuestiones, empero la salud es para todos los ciudadanos una cuestión primordial. Así pues, ignorar la gravedad de la situación, encubrirla o huir de ella, además de un menosprecio de los pacientes, constituye un error fatal que las listas de espera y las salas abarrotadas de los servicios de urgencia delatan con inclemencia.
Publicado en El Periódico de Aragón, el viernes 3 de abril de 2015
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