Son hoy muchas las mujeres que han conseguido desarrollar una vida profesional al margen del hogar, librándose presuntamente de las pesadas tareas que tradicionalmente se les otorgaba por su condición femenina. No obstante, subsiste todavía una importante brecha salarial y de oportunidades que mantienen a la mujer alejada de la definitiva equiparación laboral con los varones. Aún peor, mucho peor, es la perspectiva de aquellas que no pudieron acceder a un empleo retribuido, ni generar así una pensión económica con la que sostener una vejez digna.
La reivindicación feminista ha sido una constante durante las últimas décadas, cuando la posición de la mujer estaba claramente postergada en un mundo regido por arraigadas prescripciones de preponderancia masculina; en tal entorno, muchas mujeres optaron por dar prioridad a sus funciones maternales, relegando sus expectativas profesionales hasta el punto de que hoy dependen exclusivamente de una pensión generada por su cónyuge. Como premio a su abnegación familiar y al desempeño de unas funciones que la propia sociedad consideraba sagradas y bendecía como fundamentales, aquellas madres, hoy abuelas, se han condenado a sufrir un importantísimo recorte de ingresos cuando llegan a la viudez. ¿Acaso no es esta la mayor brecha salarial que ha propiciado nunca la desigualdad de género? Sin embargo, es esta también la situación más frecuente, ya que la mujer tiende a vivir algunos años más que los hombres. De malvivir, deberíamos matizar, pues mientras los ingresos merman tan sustanciosamente, sus gastos tienden a incrementarse exponencialmente, en la medida en que su salud y capacidad también van reduciéndose. ¡Qué triste final para una vida tan sacrificada!
Publicado en El Periódico de Aragón, el viernes 13 de marzo de 2015
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