Cuán presto pasa la vida, pensamos cuando el viejo año se va, dejando una estela de miedo e incertidumbre; de sucesos para olvidar y promesas incumplidas.
El ineludible balance que todos realizamos de nuestra trayectoria a lo largo de los últimos doce meses, nos enfrenta a nuestras más íntimas contradicciones, esos pequeños y grandes lances que quisiéramos ignorar; desatinadas y absurdas fantasías de la vida cotidiana que revelan nuestra propia inconsistencia. ¿Un ejemplo, quizá poco relevante?: leo que se ha puesto de moda una operación quirúrgica para modificar el color de las pupilas. ¿De verdad, tan superficial nadería justifica el paso por un quirófano, con todos los riesgos que tal intervención conlleva? Semejante anhelo suele indicar insatisfacción con la propia imagen: ni aceptamos nuestro cuerpo, ni, probablemente, nuestro ser, bandera de la baja autoestima que se extiende por el mundo desarrollado como si el ideal consistiera en vivir eternamente con una máscara de carnaval.
Pero, junto a esa noticia, también he leído otra de mayor trascendencia: un indigente ha fallecido en su cobijo bajo el puente de la Unión. De frío, de hambre… de pobreza, en realidad. La vida es ya suficientemente complicada como para que la acicalemos con superfluas frivolidades. Están de sobra en ella los pensamientos negativos y cierta tendencia a centrarnos en la morbosa perversidad del ser humano. Por supuesto, también en las verdes praderas abundan las malas hierbas, como las espinas cercan a las más bellas rosas; pero precisamente por ello mismo es más hermosa la flor.
Hagámonos para 2014 una promesa que seguramente incumpliremos: vamos a esforzarnos por mirar más el lado bueno de las cosas.
Publicado en El Periódico de Aragón, el vienes 3 de enero de 2014
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