Hasta no hace muchos lustros, los agricultores escrutaban el cielo en demanda de nubes que, como pájaros de buen agüero, anunciaran la bendita lluvia que habría de salvar la cosecha. Merced a los nuevos sistemas de riego y a los avances tecnológicos, los hombres del campo ya no dependen tanto de los caprichos de una naturaleza quizá hostil; sin embargo, el entrañable oficio de cultivar la tierra se somete hoy a lacras emergentes que asolan la vida rural. Si no bastaba con esa dilatada cadena de intermediación y su inmensa brecha entre el precio que el consumidor paga y lo que percibe el agricultor, este ha de preocuparse cada mañana por comprobar qué es lo que los amigos de lo ajeno le han robado durante la noche y, aún peor, el daño provocado para pertrechar el hurto: desde el cobre de las conducciones eléctricas hasta un tractor, todo es susceptible de volatilizarse en un instante. No es posible poner puertas al campo… ni vigilarlo con eficacia.
Por otro lado, el agricultor siempre se ha mostrado muy sensible a los requerimientos de la tierra. Poco, pues, tiene de extraño su bienvenida a la agricultura ecológica y a los cultivos libres de aditamentos artificiales, de dudosa aportación y que implican una perspectiva excesivamente materialista y miope de la explotación. Hoy se impone un nuevo punto de vista, una nueva forma de mirar al cielo y a la tierra, siquiera para recibir a los numerosos urbanitas que, impulsados por la precariedad económica, tornan su vista al mundo rural en busca de un nuevo espacio vital donde recobrar ese reducto de serena convivencia desvaído en las grandes capitales. Ese mismo refugio que durante el estío persiguen y encuentran los amantes de las vacaciones en el campo.
Publicado en El Periódico de Aragón, el viernes 28 de junio de 2013
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