sábado, 13 de octubre de 2012

Siempre es domingo.

En los tiempos que corren, el trabajo, lejos de entrañar una fuente de enriquecimiento personal, solo implica para muchas personas un sacrifico necesario cuyo único objetivo es ganarse las habichuelas, en lo posible con el menor esfuerzo y la máxima remuneración. Y eso es, precisamente, lo que hemos transmitido a las nuevas generaciones, que han crecido escasamente predispuestas a lidiar con situaciones desfavorables.

El país de jauja, donde especulación y picaresca conviven con un estado de fiesta permanente, ha sido terreno abonado para un enriquecimiento tan ficticio como viciado, mientras que en las aulas se hacía más fácil la superación de cada curso a la par que se reducían las exigencias de los planes de estudio. Todo afable y deleitoso, hasta que, amigo, llega la hora de incorporarse a un mercado laboral inmerso en unos imperativos difíciles de asumir, para dar como resultado a aspirantes frustrados, con el ánimo alicaído y sin una migaja de ilusión; embutidos en el traje de la desafección y persuadidos de haber sido miserablemente engañados.

Así y todo, es fácil liberarnos de nuestra responsabilidad para descargarla sobre una clase política, alejada del pueblo y protagonista de gravísimos casos de corrupción, lo que no es sino un fiel reflejo de los males que entraña la propia sociedad y en la que tan apenas se debate acerca de su preceptiva y urgente regeneración ética. Más allá de la insatisfacción, de la protesta y de la ineludible exigencia de preparación, transparencia y conducta intachable por parte de nuestros representantes políticos, también es preciso hablar de esfuerzo, de compromiso y de responsabilidad individual. Porque solo un día de la semana es domingo.

Publicado en El Periódico de Aragón, el 12 de octubre de 2012

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