Como cada septiembre, de nuevo se han abierto las puertas de las aulas, pero este curso sus goznes rechinan desquiciados por múltiples amenazas. Las restricciones derivadas de la crisis económica son tan diversas y de tal calibre que, inevitablemente, afectarán a la calidad de la enseñanza, con un profesorado cuyo horario y funciones se han dilatado, en tanto que, de forma simultánea, su retribución decrece.
En tal escenario parece ineludible que han de ser en mayor medida perjudicados aquellos alumnos con alguna carencia o ciertas dificultades de aprendizaje, sea por hiperactividad, escasas o excesivas aptitudes intelectuales o bien por cualquiera de las causas que suelen determinar retrasos y disfunciones en el rendimiento académico, entre las que destaca la dislexia.
Recientemente se ha clausurado un Congreso en Oviedo orientado a analizar los factores que rigen la incapacidad de ciertos alumnos para seguir el ritmo normal de sus compañeros. Las principales conclusiones avalan la conveniencia de afrontar de forma temprana y adecuada estos obstáculos, cuyo pronóstico es así muy favorable, hasta el punto de erradicar el problema en un elevadísimo porcentaje de los casos. Pero se precisa una atención personalizada, a cargo de especialistas bien preparados, antes de que el niño alcance una edad cuyo límite estriba en torno a los once años. Y, para acabar con la desigualdad entre los alumnos más vulnerables y sus compañeros, es también necesaria una estrecha colaboración con sus padres, así como que estos respeten las directrices de los docentes. De otra forma, estos niños incrementarán el número de víctimas inocentes de una crisis que ellos en modo alguno han provocado.
Publicado en El Periódico de Aragón, el viernes 14 de setiembre de 2012
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