Han finalizado dos importantes reuniones “en la cumbre”, la del G-20 en Méjico y Río+20 en Brasil, ambas señoreadas por la sombra de la crisis económica, si bien con unos objetivos y orientaciones muy diferentes, si no enfrentados. Los principales estadistas mundiales congregados en Méjico coinciden en su aprecio por los intereses financieros y aspiran a la perduración de un sistema económico que se muestra cada día un poco más incompatible con la propia supervivencia del planeta: se trataría de un caso extremo de parasitismo contra natura, en el que peligra la vida del huésped. Poco tiene de extraño la señalada ausencia de muchos de tales líderes en la Cumbre de Naciones Unidas sobre Desarrollo Sostenible (Río+20), la cual ha concluido con el acostumbrado y dudoso acuerdo de rigor, en el que las palabras llegarán, de nuevo, mucho más lejos que los hechos. Arias Cañete, sin embargo, ha querido mandarnos un mensaje de optimismo, basado en el auge de una firme sensibilización hacia la erradicación de la pobreza, la salvaguardia del agua potable y el mantenimiento de la biodiversidad.
Ante esta situación, resultan lógicos los argumentos y razonamientos ecologistas, que reivindican la acción individual frente a la inactividad gubernamental. En nuestro país se viene recordando la conveniencia de consumir productos autóctonos y cultivados bajo una perspectiva de sostenibilidad, frente a géneros importados y elaborados con móviles económicos, que tantas veces aparecen unidos a la expoliación de recursos no renovables y, también, a la explotación humana con salarios y condiciones de trabajo denigrantes.
Las conclusiones de Río+20 pueden ser insatisfactorias, pero, al menos, se ha vuelto a hablar de nuestro futuro.
Publicado en El Periódico de Aragón, el viernes 29 de junio de 2012
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