Hemos colisionado con el enorme iceberg de las finanzas especulativas y nuestra otrora insumergible nave, el estado del bienestar, parece a punto de naufragar. Los niños primero, debiera anunciar el capitán; pero nadie le hace caso.
Mala mar para los más vulnerables. Los viejos, aquellos a los que eufemísticamente conocemos por tercera (o cuarta) edad, han conocido tiempos peores, incluso mucho peores. Años de hambrunas y de miserias, de emigración forzada; años en los que se carecía de todo, incluso de sueños e ilusiones. Y, ahora, esos mayores han de acudir con sus exiguas pensiones en auxilio de toda la familia, a punto de ahogarse entre las gélidas olas del desempleo. Los niños no están acostumbrados a la zozobra ni a la frustración; nada sabían hasta hoy de ropa remendada ni de zapatos heredados, menos aún de juguetes que, de pronto, se han tornado inasequibles. De repente, los niños se han visto sumergidos en un piélago de conversaciones en voz baja, murmullos sospechosos con auspicios de próximas e ineludibles calamidades; mentiras blandas, que no por ello dejan de ser mentiras. Se han quedado sin caprichos; quizá, también, sin esperanza. Malos modos, malas caras, malas noticias… malas calificaciones. Y, de nuevo, malas caras. Y recortes y anuncios de nuevos recortes para la enseñanza, preludio de un futuro amputado. No, nadie va a salvar a la infancia de los efectos de la crisis. Porque quienes quieren, no pueden y quienes tal vez si puedan, piensan sobre todo en su propia suerte, como los armadores del Titanic. Nadie es ajeno a los efectos de la crisis económica, ni siquiera los más pequeños, que, además de derechos, también tienen obligaciones, como la de estudiar y formarse, aunque sea con frío y libros prestados. Ellos forman parte de familias martirizadas, pero no debemos ocultarles la verdad. No pueden vivir en un cuento de hadas, porque el despertar será demasiado amargo.
Publicado en El Periódico de Aragón, el viernes 8 de junio de 2012
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