La soberbia es un vicio consustancial al ser humano; nos resulta muy difícil reconocer nuestros propios errores, muy a pesar de la enorme disposición que exhibimos para juzgar las equivocaciones ajenas. Por ello adquiere un valor singular el acto de humillarse, de reconocer una conducta inapropiada; más aún si quien así lo hace es el máximo dignatario de la nación y se expresa públicamente ante una ciudadanía agobiada por las dificultades para llegar a fin de mes, ante tantos y tantos que no tienen ocasión de pensar en actividades de ocio sino en el medio de cubrir sus necesidades más perentorias. El Rey ha asumido su error y se ha disculpado valientemente, azotado por un vendaval que socava la casa real por todos los costados, pero quienes sobreviven con precariedad, ante un futuro incierto y en un presente zarandeado por la más horrible de las tempestades, necesitan gestos; señales claras de cambio y de nuevas actitudes que puedan generar esperanza.
No basta con solicitar perdón, por muy grandiosa y significativa que pueda resultar tal invocación; además, es preciso manifestar una convincente y sincera voluntad de cambio y, si cabe, reparar el daño causado. Sin embargo, muy pocos en nuestra clase política siguen el ejemplo del Rey, ni tampoco entre el exquisitamente retribuido personal directivo de las grandes empresas, donde estos gestos resultan absolutamente inusitados. Muy al contrario, en plena crisis muchos ejecutivos que se han distinguido por su mala gestión y lucrado gracias a sus nocivas actuaciones, arrastrando a excelentes profesionales al desempleo o a una jubilación prematura, continúan cosechando pingües emolumentos y beneficios, mientras los contratos blindados, prebendas y privilegios de todo tipo, coexisten con EREs y una alucinante tasa de paro.
En este mundo de jauja para unos pocos y de infortunio para muchos más, siguen pagando justos por pecadores y ni siquiera apenas se habla de ello.
Publicado en El Periódico de Aragón del viernes 27 de abril de 2012
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