domingo, 19 de febrero de 2012

Charles Dickens

Charles Dickens nos dejó un legado tan valioso como imperecedero que hoy, doscientos años después de su nacimiento, ha adquirido mayor relieve y reconocimiento del que gozó en vida del autor. Se trata, pues, de un valor indiscutible para la literatura actual.

Charles Dickens tuvo una infancia poco afortunada, amargada por la necesidad y el encarcelamiento de su progenitor por deudas, vivencias que reaparecen con insistencia a lo largo de toda su obra, caracterizada por una vigorosa empatía hacia los seres humanos que transitan por la cara oculta de una sociedad cuyas diferencias no han dejado de crecer, al amparo de los dictados de una supuesta economía libre de mercado. Dickens consiguió triunfar en tal sociedad, gracias a la indiscutible calidad de sus escritos y a un tenaz aprendizaje autodidacta de lector empedernido; ahora bien, su esfera personal y afectiva discurrió casi constantemente al borde del desastre, incluido el fracaso de su matrimonio.

El autor del Cuento de Navidad, de Oliver Twist y de los Papeles póstumos del Club Pickwick mantuvo siempre un espíritu reformista muy poco común en la estratificada sociedad victoriana y dedicó gran parte de su existencia a la defensa de la propiedad intelectual y a la lucha contra la esclavitud. Quizá sea una constante que los grandes defensores de los derechos humanos y los creadores más inspirados hayan de pagar su esfuerzo reivindicativo con desventuras personales, de las que los depredadores de la sociedad parecen estar exentos, al menos en su vertiente material; desde luego, Dickens sufrió un alto precio por la defensa de las ideas en las que creía, que tan perfectamente supo sintetizar en sus libros. Hoy, cuando tanto se prodiga la estrechez mental, aferrada a una picaresca de corto alcance, se echa más de menos que nunca la presencia de espíritus libres y abiertos como el de Charles Dickens.

Publicado en El Periódico de Aragón el viernes 17 de febrero de 2012

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