Que el alcohol, como el tabaco, atenta contra la salud es hoy una evidencia científica, de la cual ni siquiera escapan vino y cerveza, cuyos presuntos beneficios cuando se ingieren de forma moderada nunca compensan los efectos nocivos, siempre presentes. Es muy desafortunada la aceptación social de la bebida, cuando induce a un consumo indeseado para eludir la presión propia de cualquier encuentro, reunión o relación interpersonal, siempre bajo la presidencia de una copa.
Pero todo adquiere una perspectiva mucho más grave en el caso de que un protagonista de la juerguecita se ponga al volante, sea cual sea su tasa alcohólica, pues, incluso en el mejor de los casos, resultará afectada su capacidad para controlar el vehículo. Normalmente, no será la única víctima de un accidente en el que suelen salir mal paradas otras personas ajenas por completo al causante.
Así, duele constatar que haya salido derrotada la propuesta de limitar la tasa de alcoholemia a 0,2 gramos por litro en sangre para todos los conductores, incluidos profesionales y noveles, que ya la tienen restringida a 0,3 gramos por litro. El devenir de esta iniciativa parlamentaria ha circulado en demasía durante un año, hasta que finalmente se ha desvanecido. Temporalmente, confío, pues, confirmada la relación entre alcohol y siniestralidad vial, cualquier reducción del consumo, aunque no sea absoluta, salva vidas.
Publicado en El Periódico de Aragón, 7 abril 2026
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