Si un niño se mueve mucho, está siempre inquieto, es hiperactivo; si no lo hace, parece algo tímido y poco sociable, se apunta de inmediato hacia alguna forma de autismo. La psicología define como profecía autocumplida la disposición por la que cada persona tiende a responder de acuerdo con lo que esperamos de ella; así, calificar a un niño como torpe implica empujarlo a que lo sea en mayor grado; si lo tildamos de revoltoso, se metamorfoseará en algo más alborotador. El intento de corregir con ansiolíticos un exceso de actividad puede conducir a efectos desastrosos, pues no son fármacos inocuos; es factible que en muchas ocasiones la conducta inadecuada de un niño responda simplemente a que se aburre en clase, quizá por su elevada capacidad de aprendizaje. Un profesorado sensible y atento posee competencia para detectar y evaluar cada caso, diagnosticar el problema e, incluso, habilitar algunas medidas, pero se enfrenta a un sistema pedagógico poco estimulante y pleno de obstáculos para desarrollar una labor eficaz, orientado a igualar al alumnado de acuerdo con el rendimiento más bajo del grupo.
Entre tanto, sería recomendable reducir el abuso de etiquetas calificadoras, que simplifican en exceso la personalidad y privan a la sociedad del aprovechamiento idóneo del talento potencial.
Publicado en El Periódico de Aragón, 27 mayo 2025
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