sábado, 5 de junio de 2021

Escríbeme una carta

Las nuevas tecnologías han simplificado nuestra existencia; aportan muchas facilidades y comodidad en la rutina cotidiana, pero también tienen su lado oscuro. ¿Quién ejercita hoy su memoria o la capacidad de cálculo mental? Para eso están la agenda y la calculadora del móvil, ¿no?.

En otro orden de cosas, existe una víctima lamentablemente inmolada a cuenta de la modernidad: la correspondencia. Mientras los casilleros de la comunidad se cubren de telarañas y en la calle van desapareciendo uno tras otro aquellos entrañables buzones amarillos, que en cierta urbe se han reclamado como muestra del patrimonio ciudadano y con destino a un museo, apenas si ya se deja ver al cartero, salvo cuando nos hace entrega de un envío certificado.

Echo muy de menos aquellos vehementes intercambios postales entre Benito Pérez Galdós y Emilia Pardo Bazán, rebosantes de vitalidad; o el suspiro de alivio que acompañaba a Carmen Laforet, cuando recibía una nueva misiva de la mano de Ramón José Sender, en sus peores días de soledad, sequía afectiva y esterilidad literaria. También Miguel Delibes y Francisco Umbral establecieron una feraz comunicación epistolar, en la que relatan las vicisitudes que les sobrevinieron y donde se quejaban amargamente del escaso rendimiento material obtenido por su trabajo, cuita extensiva a la gran mayoría de escritores y profesionales de la cultura, que solo de muy tarde en tarde encuentra esporádica satisfacción.

Esta correspondencia constituye hoy auténticos legajos fedatarios donde quedan registradas para la eternidad facetas íntimas de sus autores, hitos eminentes de la literatura y vestigios inestimables de la historia… en tanto que los archivos informáticos con los que ahora hemos de lidiar, se desvanecen en una inmensa “nube” cuya contraseña de acceso se ha borrado irremisiblemente.

Publicado en El Periódico de Aragón, el viernes 4 de junio de 2021


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