Margarit sentía una profunda devoción hacia su maestro, Machado, cardinal eslabón de una cadena que, piedra a piedra, verso a verso, ha erigido los más elevados templos de la literatura a lo largo de la historia. Quizá Margarit tuvo la suerte de vivir en un enclave privilegiado y en el momento oportuno, en tanto que otros, como Juan Meléndez Valdés, quien fuera el mejor poeta de su tiempo e ilustrado afrancesado, se viera forzado al exilio en un rincón no muy alejado de Collioure. De la mano de Antonio Astorgano, eminente catedrático y coordinador del número extraordinario editado por la Revista de Estudios Extremeños en homenaje a Meléndez Valdés, tuve la fortuna de compartir un espacio en dicha publicación en la que también participaría Joan Margarit.
Quien hoy trabaja con esmero la palabra y construye en libertad sus versos, es el venturoso heredero de un legado que desde Safo a Homero, de Garcilaso a Góngora o de Sor Juana Inés de la Cruz a Rosalía, nos ha dejado el paso de los siglos para hacer más fácil y fructífera la labor del poeta actual.
Publicado en El
Periódico de Aragón, el viernes 26
de febrero
de 2021
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