Obviamente, como primeros e impotentes testigos presenciales del drama, todos los profesionales de la Sanidad han sido plenamente conscientes de la situación y han hecho lo imposible por sobrellevar, en la medida de sus posibilidades, tan crítica experiencia. Pero aunque facultativos, auxiliares de enfermería y trabajadores sociales se hayan esforzado por aliviar el último trance al paciente desahuciado, no existe nada que pueda sustituir a la presencia real del afecto familiar, encarnado al menos por una persona. Por lo demás, las funciones de esos servidores médicos están necesariamente subordinadas a otras prioridades que en modo alguno pueden desatender.
Las desoladoras vivencias de la covid19 han propiciado también otra triste secuela: cementerios solitarios, vacíos de visitantes, donde el recuerdo es una sutil presencia que tiende a disolverse sin apenas dejar huella, pese a lo mucho que los todavía vivos tenemos que agradecer a quienes ya se han ido, razón de más para buscar una fórmula mediante la que sea factible expresar al moribundo todo lo que quizá antes, en vida, hayamos sido sido incapaces de manifestarle en toda su plenitud. Tanto él como sus allegados se merecen este reconocimiento final.
Publicado en El Periódico de Aragón, el viernes 13 de noviembre de 2020.
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