Por desgracia, el envejecimiento equivale a dependencia, lo que redunda en la necesidad de una asistencia constante y especializada, no siempre disponible por parte de los familiares más próximos. Además, tal asistencia suele ser inasequible, fuera del alcance de una exigua pensión y una gravosa carga para quien la proporciona. Ello reduce mucho la eficacia de potenciales medidas paliativas, entre las que destaca sobre todo la ayuda domiciliaria para que los ancianos prolonguen la permanencia en su propia vivienda tanto como sea posible.
Siendo los mayores la principal víctima de esta pandemia, es muy lamentable que sobre los supervivientes persista la amenaza del confinamiento nunca deseado en alguna residencia, calamidad que los protagonistas suelen consentir para no abrumar con un penoso lastre a sus seres queridos. Entre tanta ayuda y sobre todo promesas de parte de la Administración, con destino a los sectores damnificados, se podría invertir más en las personas que en justicia más lo merecen.
Publicado en El Periódico de Aragón, el viernes 25 setiembre de 2020.
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