Si España pudo alcanzar un elevado grado de desarrollo a partir de la década de los sesenta, ello fue posible en gran medida gracias al turismo que, además de proporcionar una desmedida entrada de divisas, influyó de forma trascendental en la visión del mundo y pautas de conducta del personal autóctono. El turismo no solo nos llenó (y sigue llenándonos) las arcas, sino que nos abrió los ojos a una lejana Europa que solo tenía existencia real más allá de los Pirineos. Desde entonces, año tras año, las estancias turísticas se han consolidado como una base fundamental del PIB nacional; nada tiene, pues, de extraño, que la quiebra de Thomas Cook, suponga una gravísima amenaza para el sector, y, en definitiva, para todo el país, dadas sus implicaciones directas en la economía global y puestos de trabajo afectados, que, por cierto, ya se tambaleaban ante las presuntas secuelas de un Brexit nefasto.
Se ha hablado mucho de catástrofe y pérdidas; muy poco de oportunidad. Sin embargo, los problemas de Thomas Cook parecen muy relacionados con nuevas prácticas y orientación de los turistas, que tienden a buscar por sí mismos en Internet precios y condiciones más favorables que las brindadas por los grandes turoperadores y agencias de viajes. Así, su bancarrota no habría hecho sino anticipar un conflicto para el que el empresariado español debe prepararse, como también debe hacerlo para prevenir y satisfacer las futuras demandas de los turistas, a quienes quizá se deba ofrecer algo diferente a lo que ha sido característico durante los últimos tiempos.
De momento, la reacción del sector y de la Administración para paliar los daños ha sido rápida y adaptada a los requerimientos de un trance tan delicado. Pero ahora es más importante que nunca convertir la crisis en una creativa oportunidad.
Publicado en El Periódico de Aragón, el viernes 27 de septiembre de 2019.
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