sábado, 16 de febrero de 2019

Tango


Mi tía Delia siempre estuvo enamorada de la radio. Soltera por destino o por azar, según decía, nunca tuvo suerte en cuestión de amores. Largos y pacientes años de espera y, al final, un solo novio, su enamorado porteño con mucha labia, que se esfumó cuando una tarde en la sala de baile Delia le presentó a su amiga íntima, amiga del alma, amiga fiel. Hasta aquel día.

Lupe vampiresa, Lupe escaparate, Lupe piernas largas y falda corta; Lupe y su escote camino del ombligo, el centro del mundo donde Carlos, piquito de oro, y ella, sibila seductora, le dieron la espalda a Delia un triste crepúsculo.

Te enseñaré a bailar el tango, prometió el gaucho a mi tía; te enseñaré cómo se hace un dúo en Buenos Aires, declaró luego el compadrito a Lupe. Y Delia se quedó sin pareja de baile, abrazada a la radio y a un gran peluche; solitaria sobre la tarima vacía, desvalido esbozo impar, escuchando las notas marchitas de un tango sin sombra.

La Delia está loca, decía la gente: Siempre con voz impostada solicitando tango tras tango en la radio; siempre mendigando un poco de amor, siempre bailando sola con la radio. Únicamente yo comprendía a mi tía. Por eso, un día, tras su último tango, me dejó como legado toda su fortuna: una radio y un enorme peluche.

Microrrelato dedicado al Día Mundial de la Radio y divulgado a través de las antenas de Radio Aragón.


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