Del folio a la feria.
Cuando, con la ternura que inspira un bebé, un escritor mece en sus manos el libro al que acaba de dar a luz, tiene entre ellas algo más, mucho más, que la narración reflejada en sus páginas. Muchas horas de soledad, de dudas y preguntas ante un folio en blanco; muchas horas para abrir vías por donde fluyan libres y elocuentes tantas y tantas ideas embarrancadas en estéril anarquía; muchas horas de trabajo incesante y, más tarde, de brega, a veces infructuosa, hasta alcanzar su edición.
Y, al final, vemos a nuestro libro ahí, a punto de cambiar de manos y reposar entre las del lector, destinatario último de todo ese cúmulo de aplicada laboriosidad que ha precedido a su nacimiento. El lector es el sempiterno cómplice que proporciona pleno sentido a la génesis de un libro, pero solo en contadas ocasiones accede a una comunicación directa con el autor; las ferias del libro constituyen una de esas insólitas oportunidades. Ahí precisamente radica el interés por mantener unos eventos, cuya trascendencia económica y éxito de ventas parecen argumento insuficiente para acreditar la ferviente querencia de autores, editores, y libreros. La recientemente celebrada Feria del Libro de Zaragoza se ha asentado en la Plaza del Pilar con renovado brío y expectativas de crecimiento; ni la lluvia ni el recorte de días han podido con la ilusión y entrega de participantes y público. La Feria ha sido un gran muestrario de la realidad literaria aragonesa, en la que se refleja una parsimoniosa pero también, confiemos, sólida evolución hacia el aprecio de lo nuestro, tal y como es habitual en Comunidades vecinas. Además, ha sido escenario de significativas propuestas, como la “plaquette” editada por la Asociación Aragonesa de Escritores en pro de la igualdad de género.
Publicado en El Periódico de Aragón, el viernes 9 de junio de 2017.
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