Una de las secuelas menos debatidas de la crisis económica es el regreso de muchas personas al pueblo que les vio nacer o del que provienen sus antecesores más próximos. Unos buscan un retiro tranquilo para su jubilación; otros, una oportunidad que ya no encuentran en la urbe y, casi siempre, la posibilidad de subsistir con menos recursos.
Renace así la memoria de una existencia que aún no hace muchas décadas estaba supeditada a grandes incomodidades, como el traer agua de la fuente o extraerla de un pozo. ¿Un episodio extinguido? Inquinosa, la antigua factoría de pesticidas de Sabiñánigo, tiene una sombra muy alargada; tanto que hoy, veinticinco años después de su cierre, varias poblaciones de la ribera del Gállego no pueden beber de su agua y han de consumirla embotellada, con la molesta carga de precio y transporte. Si nunca ha sido fácil la vida en los pequeños núcleos rurales, hoy, por culpa de la contaminación provocada por el lindano, ese vil agente de inconfundible olor, algunas rémoras de antaño se hacen de nuevo presentes y, entre ellas, el caso omiso que se ha hecho de las denuncias de grupos ecologistas y asociaciones reivindicativas, tildadas con profusión de exageradas y alarmantes.
Años de quejas, requerimientos e informes desoídos, junto a escasos remedios de incierta efectividad, no parecen en trance de resolverse de forma satisfactoria, en tanto que organismos e instituciones responsables (que no pueden presumir demasiado de credibilidad) apenas van más allá de las acusaciones mutuas y de las actuaciones de urgencia.
¿Cuándo aprenderemos? No muy lejos de Sabiñánigo, en Yesa, las grietas del terreno continúan siendo una inquietante amenaza para el recrecimiento del embalse.
Publicado en El Periódico de Aragón, el viernes 12 de diciembre de2014
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