domingo, 16 de febrero de 2014

Méritos y deméritos
De un tiempo a esta parte, la CORRUPCIÓN, con mayúsculas, además de llenar páginas y páginas en los medios de comunicación, está en la calle, en boca de todos. Quizá ello nos haya llevado a olvidar esa otra corrupción que nos acecha, chiquita, cotidiana y alevosa; tanto más pérfida por rutinaria y encubierta.

Hablo de la mala praxis, del ejercicio profesional irresponsable; de desidia, negligencia e incompetencia. Y de la protección que reciben los pícaros cuando se refugian en un mal entendido compañerismo que empaña la transparencia y permite la supervivencia de quienes deberían ser reprobados.

Mucho nos quejamos del deterioro de la sanidad pública, aquejada de inaceptables recortes, pero apenas hemos respaldado la protesta de innumerables facultativos que se han visto obligados a una jubilación forzosa. Temo que con ellos desaparece definitivamente, además de una inapreciable experiencia, el antiguo espíritu de los médicos rurales, capaces de extremos sacrificios por auxiliar al enfermo. Vivimos en otros tiempos, desde luego; pero nunca se debe perder la empatía entre médico y paciente, fruto de una vocación humanista, altruista y generosa, por la que un buen médico hace cuánto puede en pro del enfermo que le ha confiado su salud: tal vez el paciente no entienda de medicina, pero intuye siempre cuándo se encuentra en buenas manos. Calzar los zapatos del paciente suele suponer el primer alivio de su dolencia.

En lugar de jubilar la ineptitud y la indolencia, vemos cómo se pretende abrir camino a una concepción “empresarial” de la sanidad, basada en fríos balances contables y guarecida en altos despachos. Pero los únicos números que la salud entiende son los de la derrota de la enfermedad.

Publicado en El Periódico de Aragón, el viernes 14 de febrero de 2014

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