martes, 31 de enero de 2012


Es hermoso escribir. Es hermoso otorgar vida pública a nuestros pensamientos, a nuestras ideas; revelar nuestro particular modo de percibir el mundo que nos rodea e interactuar con nuestro entorno. Permitir que personas ajenas penetren en nuestra intimidad y comparezcan en nuestro escenario vital para desempeñar un papel, el de lector e interlocutor, al que quedan formalmente invitadas.
Es la migración de cuerpos y almas, es la comunicación. El yo personal, individual, se transforma en el hombre universal, se hace más humano.
Hace mucho que me inicié en la literatura, a través de artículos de opinión que publicaba en las páginas de entrañables periódicos como El Pirineo aragonés, decano de la prensa aragonesa. Cuando mis horizontes se fueron ampliando, otros semanarios y diarios, otras revistas y publicaciones, emergieron en mi existencia, como jalones que delimitan una trayectoria de ya muy largo recorrido. En la actualidad, desde hace ya más de veintiún años, comparezco semanalmente en las páginas de El Periódico de Aragón merced a una colaboración cuyo título es Sedimentos. Fiel a mi cita de cada viernes, vierto allí el poso iridiscente de todo un universo de sensaciones, de vivencias, de experiencias… Como no podía ser de otra forma, la temática de mi columna recoge aquellas preocupaciones que con mayor intensidad hacen vibrar las cuerdas de mi entendimiento: el catálogo es amplio, pero abundan los contenidos culturales y de índole social; la necesidad de cultivar nuestro acerbo intelectual, junto al anhelo de una justicia que una y otra vez se escabulle entre mis dedos y cuya carencia sufren en mayor medida los más desamparados. El deseo de trasladar, también, las buenas noticias, la grata nueva, que tanto necesitamos entre ese cúmulo de ingratas desventuras que cotidianamente nos trasmiten los medios de comunicación.

Mis libros.
Mi primera incursión en el mundo del relato breve, aparte de la publicación independiente de las narraciones que fueron objeto de algún galardón, editadas por las organizaciones e instituciones concesionarias del premio, fue un compendio de relatos recogidos bajo el título “Las ventanas del alma” (Combra, 2000). Más tarde vería la luz “Sedimentos” (Gobierno de Aragón, colección i.dear, 2002), obra en la que se recogen muchos de los artículos publicados en El Periódico de Aragón durante la última década del Siglo XX.
En 2004 aparece mi primera novela, “Danza de máscaras” (Huerga&Fierro), en la que abordo desde una doble perspectiva, víctima y verdugo, la temática del mobbing.  “La voz queda de la gente del barrio” (Huerga&Fierro, 2005) es una nueva colección de relatos, de corte intimista, en el que intento mostrar la trastienda de los personajes mediante un profundo análisis de introspección psicológica. En 2007, de nuevo de la mano de Huerga&Fierro, aparece mi segunda novela “El hijo del sol”, semblanza de un viaje iniciático en busca de la libertad y de la madurez, cuyo eje principal gira en torno a la disposición humana a fabricar mitos. “Noche de azahar” (Mira, 2010), es mi tercera novela y, por ahora, también mi último libro. Es un canto a la amistad entre dos mujeres y a la voluntad de superación con la que una de ellas se enfrenta a un destino aciago.

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