Es
hermoso escribir. Es hermoso otorgar vida pública a nuestros pensamientos, a
nuestras ideas; revelar nuestro particular modo de percibir el mundo que nos
rodea e interactuar con nuestro entorno. Permitir que personas ajenas penetren
en nuestra intimidad y comparezcan en nuestro escenario vital para desempeñar
un papel, el de lector e interlocutor, al que quedan formalmente invitadas.
Es la
migración de cuerpos y almas, es la comunicación. El yo personal, individual,
se transforma en el hombre universal, se hace más humano.
Hace
mucho que me inicié en la literatura, a través de artículos de opinión que
publicaba en las páginas de entrañables periódicos como El Pirineo aragonés,
decano de la prensa aragonesa. Cuando mis horizontes se fueron ampliando, otros
semanarios y diarios, otras revistas y publicaciones, emergieron en mi
existencia, como jalones que delimitan una trayectoria de ya muy largo
recorrido. En la actualidad, desde hace ya más de veintiún años, comparezco
semanalmente en las páginas de El Periódico de Aragón merced a una colaboración
cuyo título es Sedimentos. Fiel a mi cita de cada viernes, vierto allí el poso
iridiscente de todo un universo de sensaciones, de vivencias, de experiencias…
Como no podía ser de otra forma, la temática de mi columna recoge aquellas
preocupaciones que con mayor intensidad hacen vibrar las cuerdas de mi
entendimiento: el catálogo es amplio, pero abundan los contenidos culturales y
de índole social; la necesidad de cultivar nuestro acerbo intelectual, junto al
anhelo de una justicia que una y otra vez se escabulle entre mis dedos y cuya
carencia sufren en mayor medida los más desamparados. El deseo de trasladar,
también, las buenas noticias, la grata nueva, que tanto necesitamos entre ese
cúmulo de ingratas desventuras que cotidianamente nos trasmiten los medios de
comunicación.
Mis
libros.
Mi
primera incursión en el mundo del relato breve, aparte de la publicación
independiente de las narraciones que fueron objeto de algún galardón, editadas
por las organizaciones e instituciones concesionarias del premio, fue un
compendio de relatos recogidos bajo el título “Las ventanas del alma” (Combra, 2000). Más tarde vería la luz “Sedimentos” (Gobierno de Aragón,
colección i.dear, 2002), obra en la que se recogen muchos de los artículos
publicados en El Periódico de Aragón durante la última década del Siglo XX.
En 2004
aparece mi primera novela, “Danza de
máscaras” (Huerga&Fierro), en la que abordo desde una doble
perspectiva, víctima y verdugo, la temática del mobbing. “La voz queda de la gente del barrio”
(Huerga&Fierro, 2005) es una nueva colección de relatos, de corte
intimista, en el que intento mostrar la trastienda de los personajes mediante
un profundo análisis de introspección psicológica. En 2007, de nuevo de la mano
de Huerga&Fierro, aparece mi segunda novela “El hijo del sol”, semblanza de un viaje iniciático en busca de la
libertad y de la madurez, cuyo eje principal gira en torno a la disposición
humana a fabricar mitos. “Noche de
azahar” (Mira, 2010), es mi tercera novela y, por ahora, también
mi último libro. Es un canto a la amistad entre dos mujeres y a la voluntad de
superación con la que una de ellas se enfrenta a un destino aciago.
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